martes, 30 de agosto de 2011

París en primera persona:

Haciéndome entender

Ya antes de aterrizar me di cuenta que el idioma iba a ser inentendible. Sobre todo para alguien que solo sabía decir "oui" y "mercy". Cuando el vuelo proveniente de Madrid aterrizó en el Aeropuerto de Orly sentí alivio, pero también que estaba llegando a otro mundo. 
Los trámites de migraciones se hicieron sin problema, pero esa misma sensación de alivio al dejar al aeropouerto se tranformó automáticamente en incertidumbre: "¿Cómo llego ahora hasta el hotel ?". Lo único que tenía era el nombre y la calle. ¿Alcanzaba solo con esos dos datos?
Acercarse a un puesto de asistencia al turista implicaba todo un desafío. "¿Intento con el inglés, o será verdad como me dijeron todos que si no hablo en francés no me dan bola?". Más o menos me hice entender. El problema ahora era entender algo yo. De las mil palabras que escuché, solo logré retener una: "Le train".
Me dirigí entonces para donde vi el dibujo de un tren.
Para mi sorpresa, un cartel anunciaba el minuto exacto en que vendría la siguiente formación. Me pareció demasiado perfecto para ser real, y con desconfianza dejé pasar el primero. Cuando comprobé que efectivamente el cartel tenía razón, me subí al siguiente. Para mi fortuna, todos salían con un mismo destino, así que lo hice sin dudar.
Ya con el mapa en la mano, y habiendo ubicado más o menos el barrio del hotel, me relajé. Pensé que ya había dado un gran paso al haber podido llegar hasta ahí. Ese primer viaje me empezó a mostrar lo cosmpolita que podía ser la ciudad. En una misma fila de asientos convivían un chino, un negro, una rubia alemana y un argentino. Una auténtica Torre de Babel.
Me bajé donde suponía tenía que hacerlo. Según el mapa, estaba a cinco cuadras la calle Château d´Eau, la de mi hotel. Caminé, caminé y caminé. Nada. Me crucé con todas las calles del mundo, menos con la que buscaba.
"¿A quién le pregunto?". En esta ciudad tan extraña, "¿alguna persona hablará castellano?. Algún español tiene que haber por acá !". Como si estuviera en Buenos Aires, me metí a preguntar en un lugar que parecía ser un quiosco de diarios. Por obra y gracia del Espíritu Santo me entendieron y les entendí. Al parecer el mapa no era tan bueno y lo que parecían cinco cuadras en realidad eran como cincuenta. La sugerencia entonces del aparente diariero fue: "Le métro".
Ahora comenzaba un nuevo desafío: Entender esa auténtica telaraña de líneas de subte. Ya no confiaba tanto en el mapa, pero decidí darle una nueva oportunidad. Pensé: "...estoy en la estación Châtelet Les Halles y tengo que llegar a  la Château d´Eau. Qué fácil !!!". Mi temor ahora pasaba por no equivocarme de línea. Si me costó ubicarme a la luz del día, lo que podía llegar a ser bajo tierra !. Vi el cartel que indicaba la entrada y bajé.
Dentro de esa inmensa jungla de gente moviéndose de un lado a otro alcanzo a identificar un pasillo en el que reconozco el color y el númeroque me indicaba el mapa. Hacía allí fui. 
Ahora bien, ¿dónde compro el boleto?. ¿Dónde está el boletero?. Haciendole montoncito con los dedos y señalándole el molinete, una señora más que elegante me muestra unas máquinas gigantes que, vistas a la distancia, parecían ser de gaseosas. Por suerte la expendedora de boletos se apiadó de mi extensa jornada de fracasos y me mostó el menú de opciones en inglés.
Ya en el andén, me vuelvo a encontrar con el tablero de los horarios. Canchero como estaba, lo miré sonriente para buscar el próximo vagón con la seguridad de quien sabe donde está parado. Como si fuera un experto, me bajé en la parada correcta. Una vez arriba, y con la luz del sol en mi cara nuevamente, ocurrió el milagro: Al levantar la mirada, veo el cartel que estaba buscando: "Hotel Garden Opera".
Finalmente París me estaba dando el regalo que tanto había venido a buscar. En ese momento, el Sena, la Torre Eiffel o el Museo del Louvre podían esperar. Después de tanto trajinar, había llegado a destino.

sábado, 27 de agosto de 2011

Tegucigalpa, la ciudad de nadie

Cuando uno decide viajar y conocer lugares en el mundo el abanico que se le abre es inmenso. Las opciones que uno tiene se multiplican, pero por alguna extraña razón se suele recurrir en la mayoría de los casos a los mismos destinos. Si se pretende quebrar con esa tendencia, las alternativas claro está, también salen a la luz.
Centroamérica en general, y países como Honduras  en particular, no abundan en los planes de los viajeros. Sin embargo allí están, existen, tienen su encanto y vale la pena descubrirlo.
Insertos en economías bastante endebles y sujetas en muchos casos a los vaivenes de los poderosos que las rodean arriba y abajo, estos países suelen nutrirse mucho de las influencias externas. Ya al caminar por las calles de Tegucigalpa, se tiene la impresión de estar en un lugar extraño. Una sensación de estar transitando por un lugar ajeno, sin dueño. Aún moviéndose uno por lugares céntricos, el panorama que se ve es de desolación, de olvido. Casi no se ve gente caminando por las calles. Sí en cambio, abundan las fuerzas de seguridad, estatales y privadas, que le transimiten a uno una sensación constante de incomodidad y de peligro latente. 
No obstante, la ciudad tiene para ofrecer escenarios naturales muy encantandores. A unos pocos kilómetros de la capital puede encontrarse la ciudad de Valle de Ángeles, que con sus selvas y sus callecitas coloniales logran cautivar a los turistas que la recorren día a día en grandes cantidades.
Tegucigalpa en definitva es eso, una ciudad con un gran potencial, con recursos suficientes como para ofrecer una amplia gama de opciones tanto a sus propios habitantes como a los que la visitan, pero que pareciera estancada en su propia incapacidad de poder progresar.
En conclusión, una ciudad sin alma y un desafío mayor para el turista.